Joaquín Sabina - Alivio de luto
Oigo poca música últimamente, cosa que es muy rara en mi. Probablemente sea porque tengo el discman mp3 un tanto cascado, o porque no se publica nada que me atraiga especialmente. Básicamente por la primera opción he tardado tanto en postear sobre el último album del maestro Sabina, "Alivio de luto".
Hace años yo era de los que estaba siempre colgado de la radio (al menos hasta que se generalizó el mp3), y por eso me enteraba rápidamente de las novedades. En este caso, como ya casi no oigo la radio, me enteré del nuevo album de Sabina porque de repente en todos los centros comerciales estaban poniendo en oferta sus viejos discos. "Ummm, me da a mi que el Sabina va a sacar algo nuevo", y acerté. Porque esto es como cuando a un famoso le hacen un homenaje. El homenajeado que se eche a temblar, porque pronto va a estirar la pata. Es matemático, una ley universal.
Volviendo al tema, como no podía ser menos, sabina nos maravilla con 13 canciones de magnífica técnica y poder expresivo. Abre el album con una memorable "Pájaros de Portugal", basado en la misma historia de adolescentes escapados que ya tratara Ismael Serrano en "La huída" (de su disco "Los paraísos desiertos"). Sin embargo, difumina el espíritu romántico y dramático que le da Ismael a la historia, para convertirla en urbana, alocada, oscura.
Destaca así mismo otros buenos temas como son "¡Ay! Rocío", una canción a su hija donde huele a despecho y resentimiento, y sorprendentemente cotidiana. "Mater España" y "Nube negra" son otros temas a escuchar con los ojos cerrados, analizando su letra.
Una vez hablando con una amiga lingüista sobre Sabina, me dejó bien claro que no le gustaba nada. Para gustos colores, y para colores sujetadores, le dije, pero hay que reconocer que es un verdadero poeta. A esta afirmación me contesta que para hacer poesía hay que tener técnica, respetar unas reglas y una norma al escribir. En mi humilde opinión, de profano de la lingüística, la poesía no está en la técnica, en los cuartetos, sextetos o décimas, está en lo que se trasmite, lo que da a respirar y a vivir un verso. Creo, en resumen, en el "¡Oh capitán, mi capitán!" de Withman en "El club de los poetas muertos".




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